19 de noviembre de 2011

Ni siquiera ella es consciente de la real magnitud de todo su amor por ese hombre, sencillamente no podría soportarlo. Sería demasiado, tan fuerte que dolería.
Puede detenerse a mirarlo durante lapsos de tiempo indefinidos, puede hacerlo hasta llorarle las más dulces lágrimas de amor. Podría cuidarlo y respetarlo para siempre; si él la dejara. (Tiene el mundo en sus manos, sólo para él).
Lo ama con la intensidad semejante a ningún otro amor, sueña con ser su razón de cada día, el resto de sus vidas. Fantasea con despertar a su lado cada mañana, ser dueña y causante de su pasión más desmedida; dispuesta a ser su sostén cada vez que se encuentre en riesgo de caer. Puede regalarle todos los días y todas las noches. Entregarle el sol y la luna, todo el cielo, y cada estrella. Todo aquello inaccesible ella lo tenía guardado, preparado para ofrecérselo un ratito cada vez que él se lo pidiera; pretendiendo una única cosa a cambio:
que la quisiera para siempre a su lado. Y así sería, de esta manera la tendría; viviendo por y para él. Ella podría eternamente ser su princesa, y él su príncipe; ya tiene planeado cada rincón del castillo más lindo a construir entre dos.
Él es el único capaz de ver (y ella es la única que el es capaz de mostrar) aquello que se refleja en sus ojos; todo lo que grita su alma cada vez que lo tiene en frente mirándola, no terminando de entender nunca acerca de tanta belleza.
Tiene todo de ella, no queda nada para nadie más, se adueñó de cada parte, de todos y cada uno de los detalles que la caracterizan.
Ella ya no es ella, ella es ella; con él
.

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